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El duelo como parte del ciclo vital de la existencia humana

Cuando una persona experimenta  la pérdida de un ser querido, se enfrenta a una serie de etapas en las que necesita aprender a autorregularse física y psicológicamente, para lo cual debe accionar  una serie de pasos que le llevan al organismo a estar en contacto con su ambiente, y con todo lo que ello representa  para su vida.

La muerte de un ser querido generalmente termina de manera involuntaria con el contacto establecido con él. Este contacto que se termina muchas veces de manera abrupta, las mayoría de las veces de manera no deseada, requiere de una larga fase de subprocesos que muchas veces requiere de cerrar círculos inconclusos para la aceptación de la finalización del contacto, desvinculación del exterior, recogimiento para redefinición de los límites propios, procesamiento y asimilación de la experiencia, y conclusión o cierre de ese ciclo.

Un primer tiempo, corresponde a la primera fase del duelo, que va del momento en que se tiene conocimiento del fallecimiento a la terminación de las ceremonias fúnebres. La aceptación de la muerte física del ser querido y la despedida ceremonial constituyen un proceso intermedio, ya que se caracteriza por la confrontación y reconocimiento de la ausencia definitiva del otro, física y psicológica, se cierra con su aceptación.

Finalmente, reconocer y aceptar que la pérdida del otro es definitiva, permite reconfigurar la realidad del doliente, reconociendo que el mundo exterior es diferente porque “el ser querido ya no está” para actualizar y resignificar su existencia y poder alcanzar serenidad y paz.

CARACTERISTICAS DEL CICLO DE LA EXPERIENCIA DEL DUELO.

Todos los pasos de este ciclo tienen su función de protección, restauración y crecimiento, por lo que no sería recomendable ni su omisión ni su apresuramiento.

Es necesario vivir inclusive las fases dolorosas o angustiantes; el pleno contacto con cada una de ellas lleva a su experimentación y resolución.

En un proceso que se vive de esta forma, las fases se suceden una a otra de manera fluida. Por razones defensivas, se puede detener, entorpecer, acortar, alargar el proceso, o brincarse etapas (como sucede en la ausencia de duelo, en los duelos crónicos, en los duelos que se convierten en cuadros depresivos severos, en los duelos que entorpecen los modos de relación familiares, entre otros).

Es importante reconocer que el  medio externo puede interferir con el proceso de duelo, si no ofrece el suficiente apoyo y permisividad para el reconocimiento y expresión de los sentimientos y necesidades surgidas. (Hernández Romero, 1999).

Las expresiones interrumpidas en su curso natural, pueden tomar las características de un asunto inconcluso.

 

EL DUELO COMO ASUNTO INCONCLUSO

Cuando una experiencia no se puede olvidar ni resolver de manera satisfactoria, se torna en un “asunto inconcluso”, o en una experiencia traumática que no se ha podido integrar; porque no se satisfizo una necesidad básica (seguridad, confirmación, inclusión, aprobación), por lo que se va  acumulando en emociones incompletas e interrumpidas.

La experiencia de una situación desagradable y concluida de manera insatisfactoria crea nuevas necesidades y sentimientos, surgidos precisamente de ese cierre rechazado.

Consideramos que el duelo, como prototipo de las experiencias de separación y pérdida, constituye un asunto inconcluso, la muerte de un ser querido significativo cierra de manera dramática y repentina un ciclo relacional; pero los sentimientos nacidos de esa realidad que es difícil de aceptar, abren nuevos ciclos largos que si no se solucionan, se convierten en asuntos inconclusos.

El nuevo ciclo se mantiene muchas veces porque la persona fallecida ya no está para satisfacer las necesidades que anteriormente satisfacía, ya no puede darnos cariño, seguridad, aprobación, compañía; se mantiene también porque tampoco está presente para satisfacer las necesidades actuales, generadas por su ausencia física y psicológica; es un satisfactor con el que ya no se cuenta para enfrentar una situación de difícil manejo, no se tiene ni el consuelo, apoyo o estímulo proveniente de él, que se necesitaría en una situación de pérdida.

El manejo psicoterapéutico del duelo nos ayuda en la conducción de los sentimientos y necesidades derivadas de la pérdida para constituir una nueva realidad, con un resultado más satisfactorio para el individuo, ya sea que esa nueva necesidad sea manifestar los sentimientos de enojo y añoranza, descargar la agresión surgida, expresar los sentimientos amorosos no dichos, pedir y aceptar el perdón.

Así, transitar por las diferentes etapas del duelo, contactando plenamente los sentimientos de cada fase, lleva a una aceptación gradual de la pérdida y a una reconfiguración del campo, tanto en sus aspectos externos como internos, con lo cual se puede cerrar el ciclo de experiencia correspondiente al duelo.

Cuando los procesos correspondientes a una determinada fase del duelo se ven interferidos, ya sea, entre otras cosas, porque la persona no cuenta con los recursos internos o externos para adaptarse a las demandas de una nueva realidad, porque se aferra a sus recuerdos, porque no se atreve a soltar configuraciones obsoletas para vivir en el presente, el proceso de duelo se puede ver alterado o estancado en alguna de sus fases, convirtiéndose en un asunto inconcluso.

  • Dir: Octavio Díaz y Vicente Rocafuerte
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